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FRASES PARA RECORDAR

El sololoy y otras expresiones

Por Ariadna Lira

En el baúl de los recuerdos tenemos muchas historias para contar y aunque es verdad que para estudiar el comportamiento diferencial de las personas, los mercadólogos y sociólogos han dividido nuestras edades en líneas de tiempo –como la generación de los baby boomers, X, Y, Z–; hay huellas en las tradiciones y en la lengua, que son imborrables porque se heredan.

Por ejemplo ¿Alguien ha escuchado el canto infantil: “Amo a to matarile, rile ron”? Aunque actualmente, debido a la inseguridad y otras cuestiones, los niños ya no salen a las calles a jugar en tropas, como lo hacían hace 20 años, mucho se ha hecho por rescatar esas coplas; pregunten a sus hijos y verán.

Sobre esa tonadilla por ejemplo, Arturo Ortega, –escritor, articulista independiente, conductor de radio y autor del libro “¡Hasta que me cayó el veinte!”–, explica que “buena parte de los cantos infantiles nacionales nos llegaron de España” así que se ha dedicado a investigar más y encontró que antes, esa copla decía: “Ambo ató, matarile, rile, rile, ron”, proveniente de la variante española “Ambos a dos, matarile rile rile.”

¿Pero qué significaba? Ortega Morán, indica que era una redundancia de uso común en el castellano antiguo del siglo XIX; en los textos de Miguel de Cervantes –1613–, podemos leerlas: “…y por camino derecho llevemos ambos a dos el yugo donde el cielo nos pusiere”.

Posteriormente, este investigador concluye que esa frase viene de Francia, de un canto infantil que dice: “Ah! Mon beau château! (¡oh! mi bello castillo) / Ma tant’, tire, lire, lire / Ah! Mon beau château! Ma tant’, tire, lire, lo. / Le nôtre est plus beau, / Ma tant’, tire, lire, lire; Le nôtre est plus beau, Ma tant’, tire, lire, lo.

Entonces los niños españoles, que tal vez jugaban con los franceses, acomodaron la frase para que tuviera un sentido; a su vez los pequeños de la Nueva España, lo acoplaron hacia lo que consideraron, y ahora permanece en México. Además, según este autor, la escritora Alma Flor Ada, comenta que en Venezuela, los infantes cantaban: “A Mambró cható Matarile rile rile”, o en República Dominicana, se cantaba: Ambosador Matarile rile rile.

Este, como otros casos del lenguaje, nos dan una idea de que aunque el vocablo se distorsione, puede prevalecer muchos años; no en vano muchos científicos recurren a los filólogos, para buscar a fondo sobre los temas históricos, sociales, filosóficos, antropológicos y de más disciplinas.

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Muñequita de Sololoy

Va otra pregunta: ¿Alguna vez cuando eran niños, se refirieron a ustedes como ‘muñequitos de Sololoy’? Quienes lo recuerden notarán que esa era una frase típica del abuelo, la abuela, la tía besucona o cualquiera que les apretara las mejillas –hasta hacerlas sentir rojas–; o los llenara de abrazos y cariños.

Pues bien, Arturo Ortega, relata “que las abuelas mexicanas que vivieron su niñez a mediados del siglo XX, recuerdan con nostalgia aquellos delicados juguetes que llamaban “de sololoy”; en particular aquellas muñecas de rasgos angelicales que las llenaban de sueños”. De hecho, cita otra copla muy popular que eso dice: “Naranja Dulce”, en la que en un fragmento, se escucha“…Toca la marcha, mi pecho llora / adiós señora yo ya me voy / a mi casita de sololoy / a comer tacos y no les doy”.

El autor explica que en nuestro país, esa palabra que alude a la hermosura y a la  delicadeza, se escucha con menos frecuencia; pero curiosamente, “no aparece en el diccionario y fuera de México es un término desconocido”.

Ortega Morán cuenta la historia que hay detrás de ese término y expone que en la segunda mitad del siglo XIX, Jhon Wesley Hyatt creo el celuloide –llamado así por su materia prima, el nitrato de celulosa–. Por sus nobles cualidades, este nuevo material, se usó en la fotografía, el cine y la fabricación de juguetes.

Posteriormente, llegaron a México los juguetes hechos con “celluloid”; “el habla popular suavizó la palabra y así nació el “sololoy”, un mexicanismo que poco a poco se ha ido desvaneciendo, aunque aún se le mueve la patita cuando a una pequeña o a una mujer bonita le decimos que es una muñequita de sololoy; o cuando en un noche silenciosa, la nostalgia arrastra ecos del pasado y nos parece que en las calles vuelven a resonar esas voces infantiles que cantaban”, relata el autor en su página “Cápsulas de la lengua”.

Chucha cuerera

¿Han escuchado esa frase que significa ser muy bueno en algo? En México, decir que alguien es una chucha cuerera significa que esa persona es muy capaz, hábil y experimentado, por no usar alguna definición más fuerte.

Arturo Ortega indica que la historia de esa frase nació –como era de esperarse– en España, donde para llamar a los perros hacían un sonido similar a “chuch”, por eso a los canes se les comenzó a llamar “chuchos”.

Subsiguientemente, en la ápoca colonial, al sur de México a una perra recién parida la llamaban chucha cuerera, porque la cualidad natural de estas hembras, de buscar alimento, aunque fueran pedazos de cuero, para nutrir a sus recién nacidos. Todavía se decía que alguien andaba como chucha cuerera, si esa persona parecía desesperada para darle sustento a su familia.

El autor explica que años después, en la milicia “la expresión se empleó para referirse a un militar cuya ansiedad para buscar al enemigo y “devorarlo”, se comparaba con la de una perra con crías en busca del ansiado alimento. Un soldado con esta vocación, debía ser: hábil, astuto, inteligente y con el valor para conseguir sus objetivos”.

A partir de entonces y desde alrededor de 1900, ser una chucha cuerera comenzó a usarse coloquialmente.

No salir de perico perro

En su búsqueda de frases mexicanas, el autor potosino, señala que  hay una expresión nacional, que alude a alguien mediocre o que no tiene ganas de sobresalir, que es “perico perro”.

Curiosamente, encontró un libro del padre e historiador José Trinidad Laris, “Historia de modismos y refranes mexicanos” (1921). “El padre Laris nos cuenta que a fines del siglo XVIII, hubo un pasatiempo llamado El Laberinto; muy similar al juego de La Oca que ahora conocemos. En un ejemplar que él tuvo en sus manos, en una de las advertencias se leía: “Si al juguetón perro va a dar (el jugador) o al fuerte camello, puede desde luego echarse a dormir; porque estará ahí hasta que otro participante lo saque”.

Ortega, explica que el padre, Laris ubico otras ediciones de principios del siglo XIX, que tenían una advertencia equivalente: “Si al perico parlero o al fiel perro fueras a caer; ahí estarás hasta que otro, con compasiva mano te saque”.

Entonces, ese dicho nació porque en si el jugador caía en esas casillas, se quedaba atorado; ahora se vuelve más claro.

Ni que ocho cuartos

Podríamos pensar que al decir esta frase en la cotidianidad, haríamos referencia a algo ridículo, pues es una fracción mixta: ocho cuartos, parecería arbitrario, pues sería más sencillo decir dos piezas; pero no es así y Arturo Ortega explica por qué.

El investigador expone que hace mucho tiempo, en España existió “el realillo”, una moneda de uso corriente, que equivalía a ocho cuartos de peseta; por ello la gente la conocía como “realillo de a ocho cuartos”. Encontró una copla que decía: Tengo que empedrar tu calle / con realillos de a ocho cuartos / para que vayas a misa / sin romperte los zapatos.

Posteriormente, debido a la crisis, los artículos de primera necesidad superaban los ocho cuartos “la economía se veía amenazada y el descontento popular se manifestaba con grandes revueltas. En un fragmento de la obra Granada la Bella, que Ángel Ganivet escribió en 1896, hallamos noticia de este hecho: ‘En lo antiguo, el pan era caro en pasando de  ocho  cuartos la hogaza mejor o peor pesada; se sufría refunfuñando a los nueve y diez cuartos; se insultaba al panadero al llegar a los once o doce, y en subiendo de ese punto, venía la revolución’”.

Según explica el escritor, la expresión, apareció muy probablemente en la primera mitad del siglo XVIII en España; entonces “ni que ocho cuartos”, enfatizaba un desacuerdo o desprecio por algo, algo así como “que ni qué, nada”.

Así que ahora podemos saber por qué las abuelitas mexicanas podrían decir muy orgullosas: ay qué lindo mi nieto, “parece muñequito de sololoy”; lo digo yo, que soy “una chucha cuerera” y me gusta que mis hijos salgan de “perico perro”, trabajen duro, saquen adelante a sus familias, tengan bebés tan bonitos y no me salgan con que no puedo “ni que ocho cuartos.”

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